canciones. En el viaje se tienen experiencias de otras formas de vivir la fiesta, de comer y cocinar,
de jugar, de enterrar a los muertos. El hombre se interroga e interroga al viaje: el viaje significa
una serie de preguntas a las que se debe responder de manera fecunda. Preguntas que nacen de la
experiencia social y, a la vez, la provocan. Toda esa tierra recorrida, de tanto historia y de tan
variado paisaje –como un retorno a la naturaleza– educa y abre iniciativas. En los viajes a pie, en
movimiento, se instala más la vida que en el reposo. Ya no es el maestro el que enseña; el
pedagogo es el viaje. El viaje es un espacio múltiple y móvil, con sus variaciones, que adviene
proceso educativo. Un proceso educativo vital que, además, articula el diálogo y la experiencia
social.
Van a Milán y allí son testigos presenciales de la coronación de Napoleón Bonaparte (mayo de
1805), como Rey de Italia y de Roma. Arriban a Venecia –de donde proviene el nombre
“Venezuela”, que significa pequeña Venecia– y les gusta muy poco la ciudad. Continúan por
Ferrara, Padua y Bolonia, hasta Florencia, donde se quedan semanas, hasta satisfacerse. De ahí, a
Roma, que aflige, pero entusiasma, anima al espíritu para los grandes sueños y promesas.
Con ese ímpetu dentro, el 15 de agosto de 1805, tras cinco meses de viaje, Rodríguez y Bolívar
ascienden a una de las siete colinas de la ciudad. Suben al Monte Sacro, dialogan, discuten,
recuerdan; se abren, de pronto, hacia el porvenir, como rasgando las nubes del tiempo; examinan
la situación de la América sojuzgada; advierten la posibilidad de liberarla, destrozando la vasta red
opresora; ven en lo profundo la fuerza que se requeriría para el reto y la acción. Y hacen un
juramento que es el fruto educativo del viaje. Cuenta Rodríguez: “Y luego Bolívar, volviéndose
hacia mí, húmedos los ojos, me dijo: Juro delante de usted, juro por el Dios de mis padres; juro
por mi honor y juro por la patria, que no daré descanso a mi brazo ni reposo a mi alma, hasta que
no haya roto las cadenas que nos oprimen por voluntad del poder español (Rodríguez, 1975). Por
su parte, narra Bolívar: “Abrazándonos, juramos libertar a nuestra patria o morir en la demanda”
(Bolívar, 1950).
El viaje ha sido una forma bien concreta, revolucionaria, con la vida latiente que la atraviesa, de
experimentar lo educativo y el amor que suscita. Con el paso del tiempo, dirá Bolívar al General
Santander: “Yo amo a ese hombre con locura. Fue mi maestro, mi compañero de viajes, y es un
genio, un portento de gracia y talento, para el que lo sabe descubrir y apreciar. Todo lo que diga
yo de Rodríguez no es nada en comparación con lo que me queda. Yo sería feliz si lo tuviera a mi
lado” (cf. Bolívar, 1950). Como nuestro tiempo, si tuviera presente su ausencia, haciéndola
proyecto.
Bibliografía citada:
Bolívar, Simón, Obras Completas, 3 Vols. La Habana, Lex, 1950.
Puiggrós, Adriana, De Simón Rodríguez a Paulo Freire, Bogotá, “Premio Andrés Bello” 2004, 2005.
Rodríguez, Simón, Escritos de Simón Rodríguez, 3 vols., Caracas, Imprenta Nacional, 1954.
Rodríguez, Simón, Obras Completas, Caracas, Ediciones Arte, 1975.